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febrero 19, 2011

La Autoestima y el desarrollo personal

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¿Qué es la autoestima?

Es la creencia profunda que tengo con respecto a mi valor como persona.

Es una creencia profunda que está más adentro de los pensamientos que produzco normalmente en un momento cualquiera. Pertenece a una capa de pensamientos grabados en mi mente, generalmente poco concientes, y con una gran autoridad o capacidad de determinación.

Ejemplos de esas creencias profundas son:
“Yo no sirvo para eso”
“Soy tímid@”
“Soy fe@"

Son pensamientos que en algún momento de mi vida acepté como verdaderos y de allí en adelante les permití que definieran mi vida.

Desde entonces determinan la manera en que pienso. Determinan el tipo de pensamientos que admito en mi mente y determinan la dirección – constructiva o destructiva – de esos pensamientos.

Dichosamente, como veremos en otras páginas, las creencias se pueden modificar. Ahora lo que quiero es ver el panorama general.


Componentes de la autoestima

La Autoestima tiene 3 componentes:
  • Cognitivo: Que indica idea, opinión, creencias, percepción y procesamiento de la información”.
  • Afectivo: Conlleva la valoración de lo que en nosotros hay de positivo y de negativo, implica un sentimiento de lo favorable o desfavorable, que siente la persona de sí misma.
  • Conductual: Se refiere a la tensión, intención y actuación que hace la persona por sí misma.



Importancia de la autoestima

La autoestima es importante porque:
  • Condiciona el aprendizaje. Alumnos que tiene una auto imagen positiva de sí mismo se hallan en mejor disposición para aprender.
  • Facilita la superación de las dificultades personales. Una persona con autoestima alta, se siente con mayor capacidad para enfrentar los fracasos y los problemas que se le presentan.
  • Apoya la creatividad; una persona puede trabajar para crear algo si confía en sí mismo.
  • Determina la autonomía personal, si la persona tiene confianza en sí mismo, podrá tomar sus propias decisiones.
  • Posibilita una relación social saludable; la persona que se siente segura de sí misma, puede relacionarse mejor.


Tipos de autoestima

1. Autoestima alta:

Una persona con autoestima alta, vive, comparte e invita a la integridad, honestidad responsabilidad, comprensión y amor, siente que es importante, tiene confianza, tiene fe en sus decisiones y se acepta a sí mismo totalmente como ser humano.

2. Autoestima baja:

Una persona con autoestima baja, la mayor parte de su vida piensa que vale poco o no vale nada.

Estas personas esperan ser engañadas, menospreciadas por los demás y como se anticipa a lo peor, como defensa se ocultan tras un muro de desconfianza y se hunden en la soledad y el aislamiento.

Cuando una persona ha perdido la confianza en sí misma y en sus propias posibilidades, suele deberse a experiencias que así se lo han hecho sentir.

Por ello es vital para padres, educadores o jefes, saber alentar o corregir, premiar o censurar, oportunamente.

No llegan a comprender que todas las personas son diferentes, únicas e irrepetibles, por lo que se tienen por ser menos que los demás y, peor todavía, menos de lo que son.

Algunos de los aspectos mencionados son incorporados a la familia por medio del "modelo" que la sociedad nos presenta, modelo que es asimilado por todos los grupos sociales. Pero la personalidad de cada individuo no sólo se forma a través de la familia, sino también mediante las relaciones externas que establece paulatinamente y lo que cree que los demás piensan de él así como, sin duda, mediante las ideas que elabora acerca de sí mismo durante dicho proceso de relaciones progresivas.



¿Cómo sanar la autoestima herida en la infancia?

Para comenzar a ejercitase en el olvido y el abandono de aquello negativo que nos inculcaron, y sanar a ese niño que quedó escondido y herido en el interior de nosotros, podemos ir reemplazando las viejas ideas por otras nuevas. Repetirnos estas afirmaciones con frecuencia es una buena manera de comunicarnos con nosotros mismos, de ayudarnos a adquirir seguridad y tener presentes nuestros derechos, virtudes y debilidades:

  • Realizo mis elecciones y acciones con responsabilidad y sin temor.
  • Me aplico en mi trabajo con responsabilidad pero, si algo no va bien, no es porque yo sea un fracaso sino porque todavía tengo que aprender más.
  • Tengo confianza en que resolveré lo mejor posible cualquier situación que se me presente y por complicada que parezca.
  • Aprendo a comunicar mis sentimientos y respeto los de quienes me rodean.
  • Soy una persona valiosa, capaz, creativa y estoy abierta para cambiar todos los aspectos de mi vida.



Influencia de la Escuela

Es fundamental que los padres y los docentes -en quienes los padres confían en última instancia-, sean capaces de transmitir valores claros. Es muy importante que se enseñe tanto a niños como a jóvenes el significado de esos valores.

Los educadores deben ser conscientes de los distintos ritmos de desarrollo de cada niño, a fin de que se sientan cómodos en la escuela y puedan aprovechar debidamente el tiempo que dedican a formarse en los planos académico y personal.

También es preciso comprender que la mente de cada niño está llena de imágenes. Estas imágenes son tridimensionales:

  • La primera dimensión se relaciona con la imagen que el alumno tiene de sí mismo.
  • La segunda dimensión se vincula con la opinión que el niño tiene de sí mismo en relación con otras personas.
  • La tercera dimensión se relaciona con la imagen de sí mismo como es y como desearía que fuera.

Por todo esto es muy importante que el tiempo que los niños pasan en la escuela les ayude a descubrir y aprender a ser las personas que quieren ser, respetando sus tiempos, conflictos y confusiones.

Para ser un buen educador hay que comprender y asumir que:

  • La escuela  no es una institución en la cual se puede mejorar o degradar a la gente.
  • Hay que saber cómo crear un ambiente que permita encontrar oportunidades dentro del mismo, donde cada niño pueda sentirse importante.
  • Se deben reconocer y valorar los puntos fuertes de cada niño.
  • Hay que tener conciencia de los sentimientos y las imágenes que los niños tienen en mente cuando van a la escuela.
  • Hay que ser relativamente transigente con las conductas inadecuadas puesto que los niños, seres aún inestables y en proceso de formación, se rigen a través de posturas agresivas o incorrectas.

enero 12, 2011

Conectados al nacer

Los niños y jóvenes del siglo XXI están creciendo en un entorno donde la tecnología es una reina cada vez más venerada. Celulares, videojuegos e Internet son parte de un universo virtual que a veces, ante el pasmo de los padres, avasalla al mundo real. Efectos: aprenden más rápido, no gustan de los libros, les incomoda el silencio y están hiperestimulados, afirman los expertos.
MARÍA INÉS LORENZO
"Vivimos en una época donde el aburrimiento parece ser el peor de los castigos y, por tanto, las nuevas generaciones hacen un continuo esfuerzo para huirle".
Lo primero que hizo Juan, de nueve años, cuando abrió su regalo fue mandarle un mensaje de texto a su mejor amigo: "¡Tengo el último juego de la Play!" La respuesta no se hizo esperar: "¡Conectate así me lo mostrás por la webcam!" El resto de la tarde transcurrió mientras chateaban, hablaban con sus contactos del Facebook, intercambiaban fotos, se recomendaban sitios para bajar música al iPod, y, de reojo, daban un vistazo al televisor encendido.
Por más esfuerzo que hagan, los padres no terminan de entender (ni a veces de aceptar) ese comportamiento. Es que cuando ellos eran pequeños disfrutaban su tiempo libre jugando a "la bolita", las muñecas, la rayuela o la mancha. Internet directamente no existía y, con suerte, su mayor aproximación a la tecnología fue a través del Atari o la maquinita individual del Tetris. Y aunque ambos escenarios están separados por solo un par de décadas de distancia, a veces da la impresión de que transcurrieron siglos.

El cerebro humano responde con plasticidad al contexto al que está expuesto, por lo que es esperable que se presenten cambios en una cultura muy tecnificada. Sin ir más lejos, a los niños y jóvenes de hoy se los llama "2.0" porque están acostumbrados a la existencia de múltiples estímulos simultáneos. Es una generación que se incomoda ante el silencio; le cuesta concentrarse en una sola cosa, así como estar sin conexión a aparatos proveedores de compañía.
¿Qué cambió en la psiquis infantil luego de la revolución tecnológica? ¿De qué manera se ha modificado la forma de jugar, aprender y relacionarse? ¿Las nuevas generaciones son más inteligentes? ¿Aprenden más rápido? ¿Leen menos?
"Los niños de hoy reconocen antes los números, letras, idiomas, y manejan mejor la coordinación viso-motora en comparación a sus padres y abuelos. Sin embargo, tienden a estar más motivados por lograr una meta, sin disfrutar del proceso", señala Pamela Sicalo, psicoterapeuta de niños y adolescentes. Para ilustrarlo, cita el análisis de una neuróloga británica que sostiene que hoy, a través de juegos virtuales, los niños pueden rescatar a una princesa cautiva en la torre, y lo hacen cada vez mejor, pero se pierden la historia: entender quién es esa princesa, si sufre o no, cómo llegó hasta allí. Es decir, todo lo que se obtendría en un libro.
No obstante, según Sicalo, muchas veces el disfrute y el deseo por "conocer" se deben construir, y asegura que en esa construcción se asemejan los niños de todas las generaciones. La experta cuenta, por ejemplo, que en la sala de espera de su consultorio hay varias revistas y un libro de Mafalda. "Es una constante ver a niños que sus padres califican como `adictos a la Play` (una de las consolas más famosas) disfrutando junto a ellos de la lectura porque en ese espacio encuentran tiempo, tranquilidad, sumado a la compañía del adulto cómplice y el estímulo auditivo de la melodía clásica que se escucha de fondo". Es muy probable que el niño no eligiera leer Mafalda si en la sala hubiera una computadora o un televisor, reflexiona Sicalo.
Opina igual Rosa Díaz, neuróloga infantil del Hospital Pereira Rossell, quien señala que el desarrollo de las tecnologías está condicionando la forma de actuar del cerebro, llegando incluso a cambiar la estructura neuronal. "El sistema nervioso central organiza y reorganiza su funcionamiento de acuerdo a los estímulos del contexto social, haciendo que se potencien las habilidades del hemisferio derecho del cerebro, que es el que interviene más en la resolución de problemas, en el uso de la lógica, y en el manejo de la información visual".
Y eso no significa que los niños y jóvenes de hoy sean más inteligentes, simplemente desarrollan habilidades diferentes, agrega otra neuróloga infantil del Pereira Rossell, Sandra Berta. De hecho, - indica- la mayoría de ellos son menos claros a la hora de comunicarse verbalmente.
Es más, según el psiquiatra de niños y adolescentes Miguel Ángel Cherro, es posible que las nuevas generaciones muestren un incremento de su capacidad para resolver nuevos desafíos, pero a su vez, ante un ritmo cultural moderno tan vertiginoso, exhiben una versatilidad e impaciencia que conspira contra las pautas tradicionales de aprendizaje. "Los chicos hoy leen menos y hablan peor. No es infrecuente que para decir simplemente `voy a esperar el ómnibus` expresen `este...¿viste?... yo ahora... este... voy ahí porque viene el coso...¿viste? y entonces...¿tamo?`. ¡Corno!: ¡¡¡voy... a... esperar... el... ómnibus!!!", ejemplifica con humor Cherro.
De ahí que el especialista considere necesario reformular las metodologías de educación y adaptarlas a las nuevas exigencias. "También es fundamental que los padres (o la familia) sepan introducir momentos de reflexión en el hogar, ya sea a través de una conversación diaria con sus hijos o juegos de mesa".
¿Más equilibrados? La forma de incorporar los conocimientos se ha vuelto más multisensorial, divertida y menos ligada al esfuerzo y sacrificio, opina en tanto el psicólogo Roberto Balaguer, experto en tecnología. Según él, las nuevas generaciones equilibran mejor la racionalidad y afectividad, y la palabra y la imagen. "Leen menos libros, pero sí leen en pantalla y escriben mucho más que antes", asegura.
También señala que los niños y niñas no se comportan de igual manera en la era digital. Ellas se acercan más a las tecnologías que ponen en juego la comunicación y el intercambio (chat, redes sociales y mensajes de texto), mientras que los varones prefieren la exploración y los videojuegos.
Y a pesar de que estas herramientas aparentan ser muchas veces violentas, en realidad constituyen la tecnología paradigmática de la sociedad del conocimiento, porque son el escenario privilegiado a la hora de tomar decisiones, dice el psicólogo. "En los entornos gráficos la información fluye y el jugador debe elegir permanentemente qué camino tomar para alcanzar la meta. Cada pantalla presenta nuevos problemas y al final, el éxito depende de la decisión tomada", agrega, y reflexiona que hoy, con excepción de los videojuegos, son pocas las instancias que tienen los jóvenes para hacer un ejercicio tan potente en la toma de resoluciones.
"La era digital infiere y modela el comportamiento de los niños, y con una doble finalidad, ya que hoy jugar es prepararse para la vida adulta", concuerdan las neurólogas Díaz y Berta. Y eso puede ser beneficioso siempre que la tecnología se incorpore en el momento y con la intensidad adecuada, acotan.
"Es que el cerebro del niño está compartimentado en distintas funciones (memoria, lenguaje, percepción, concentración) y no todas maduran simultáneamente, lo que significa que cada edad está preparada para recibir estímulos diferentes", explica Berta.
Por ende, si se hiperestimula a los chicos con imágenes y sonidos desde muy tempranamente se corre el riesgo de romper el funcionamiento natural del cerebro, lo que puede traer aparejado patologías como la hiperactividad o el déficit de atención. "Hay veces que bebés de seis, siete meses, ya están expuestos frente a un televisor, cuando lo recomendable es que lo hagan después de los dos años, y siempre bajo un uso supervisado por la familia y avalado por un especialista", sugiere Díaz.
Padres preocupados. De acuerdo a la experiencia de Balaguer, las consultas de los padres por el comportamiento "tecnológico" de sus hijos son cada vez más frecuentes. Les preocupa el chateo permanente de los adolescentes, y muchas veces les angustia que los menores se contacten con desconocidos a través de Facebook.
La psicóloga Pamela Sicalo no recibe más consultas que antes por los efectos de la "revolución digital", pero se atreve a estimar que aumentarán en los próximos años. No obstante, revela que cuando los progenitores acuden al diván, sus preocupaciones más frecuentes se relacionan con la dificultad para poner límites frente a la cantidad de tiempo que sus hijos pasan frente a la tevé y los videojuegos.
Por otro lado, la psicoterapeuta confiesa que los adultos también observan cada vez más situaciones de acoso cibernético entre los propios chicos, quienes suben información agraviante de compañeros o desconocidos en la red.
"En general, los padres no pueden creer cómo sus hijos pasan horas casi hipnotizados con los videojuegos", dice Sicalo.
¿Por qué les atrae tanto esa tecnología? Primero, porque proponen variedad de estímulos con formas, colores y sonidos que accionan todos los sentidos a la vez y distraen, opina la psicóloga. Y reflexiona: "La variedad de juegos es tan amplia que capta la atención de niños y niñas en las diversas etapas de la vida. También brindan la posibilidad tanto de la popularidad como del anonimato, gustos que bien pueden ser compartidos o mantenidos en secreto".
La experta ha "comprobado" también que los chicos encuentran en casi todas las tecnologías la posibilidad de sobrellevar el tedio cotidiano. "Vivimos en una época donde el aburrimiento pareciera ser el peor de los castigos y, por tanto, las nuevas generaciones hacen un continuo y permanente esfuerzo para huirle".
Para Sicalo esa es una de las mayores desventajas del uso de la computadora, la tele o los video- juegos. "La forma más importante de aprendizaje para los humanos es la interacción cara a cara con otros. De esa manera es que se aprende a compartir, empatizar, a tolerar las frustraciones y a respetar".
Sandra Yorio, maestra de la escuela pública número 5, coincide, y confiesa que según su experiencia los niños de hoy han perdido algunos valores. "Si bien el trato con ellos en general es muy bueno y gracias a Internet es más fácil estimularlos y acercarles el conocimiento, lo cierto es que ha perdido mucho el respeto hacia sus maestros. Te pueden contestar y hasta decir malas palabras. Eso antes era impensable", dice Yorio, quien lleva 19 años dando clases. De todos modos, ella considera que los avances tecnológicos favorecieron el aprendizaje porque incrementaron la comunicación y el acceso a la información. "A veces los propios chicos nos explican funcionamientos específicos de las computadoras o teléfonos móviles".
En este marco entra incluso el Plan Ceibal. Para la maestra, si bien la implementación de las laptops ha sido "muy positiva", también tiene algunas contras. "Hace alrededor de un mes que las entregaron y los niños están bastante exaltados. De hecho, tuvimos que reducir su uso porque a la hora del recreo ellos no se despegaban de la pantalla", cuenta la maestra.
En el consultorio del pediatra Juan Carlos Gambetta, del Hospital Pereira Rossell, los niños no han perdido el respeto por el médico. "Lo que sí hay es un grado mayor de confianza por parte de ellos: la mayoría de las veces te tutean y preguntan el número de teléfono para luego llamarte ante una eventual duda", señala el médico, quien admite que hoy es bastante común que los chicos lleven consigo a la consulta su propio teléfono móvil.
Al pediatra le parace "constructivo" que los menores manejen con fluidez las nuevas tecnologías (si no se abusa de ellas), y la única dificultad que les encuentra se relaciona con el manejo de la información. "Hay veces que en las consultas junto a sus padres se nombran palabras vinculadas con su salud y luego en sus hogares los niños las googlean para ver de qué se trata. En algunos casos eso resulta perjudicial para el niño porque puede entrar a sitios donde la información no es fiable y pensar que tiene alguna enfermedad".
Si bien hoy los chicos nacen inmersos en la tecnología, es vital que su uso esté supervisado. No hay que olvidar que, como niños que son, aún conservan su ingenuidad.

Mitos y verdades sobre el uso de videojuegos

En vez de preguntarse qué tan buenos o malos son los videojuegos para el desarrollo cognitivo y emocional de los niños, habría que examinar qué tan informados están los padres (o adultos) sobre esa tecnología. De ellos dependerá que los juegos sean provechosos o perjudiciales, y por eso es bueno que sepan poner adecuadamente límites, dice la psicóloga Pamela Sicalo.
El psiquiatra de niños y adolescentes Miguel Ángel Cherro opina igual, y también considera que el hecho de que las generaciones más jóvenes nazcan con un conocimiento incorporado del manejo de la tecnología con respecto a los adultos no implica "para nada" que éstos deban desentenderse del asesoramiento y orientación de los videojuegos infantiles. "Si sus contenidos puntean el matar personas inocentes, robar autos, atropellar gente o transgredir normas son decididamente negativos y deben ser combatidos", exhorta Cherro. "Que haya avances tecnológicos no significa que se pierda la ética", enfatiza.
Una vez asegurado eso, la psicóloga Sicalo aconseja que los chicos no pasen más de dos horas por día en total frente a las tecnologías, incluidas la televisión, la computadora y los videojuegos.
"Los padres también deberían preguntarse cuánto tiempo pasan ellos mismos frente a una pantalla y cómo están sus hábitos en cuanto a las actividades físicas, sociales y recreativas que desarrollan, porque ellos son justamente el ejemplo que los pequeños siguen", agrega la experta.
Si bien admite que hay casos extremos en los que los juegos de computadora y PlayStation, o consolas similares, pueden generar adicciones o hasta producir un paro cardíaco, también considera que el mito más importante con respecto a los videojuegos es creer que en sí mismos tienen un poder sobre los niños que los propios padres no pueden prevenir, cuando eso es un error. "La familia no debería temer tanto a esa tecnología sino a la falta de control y educación sobre sus hijos, y al poco afecto y tiempo compartido con ellos. Los padres deberían recordar que a pesar de una aparente indiferencia de los niños, no hay nada más estimulante para ellos que la atención y amor de quienes más quieren", concluye Sicalo.

Equilibrio ayuda a enriquecer

Una exposición prolongada y frecuente a la tecnología (computadoras, videojuegos y televisión) puede ocasionar riesgos físicos, emocionales y sociales si no se alterna con actividades físicas y al aire libre, señala Pamela Sicalo, psicóloga de niños y adolescentes.
Coincide Juan Carlos Gambetta, pediatra del Hospital Pereira Rossell. "Está comprobado que los niños que no gastan energía y pasan más de dos horas frente a una pantalla tienen más probabilidades de padecer obesidad, hipertensión arterial, colesterol y problemas de columna".
No obstante, según Sicalo, el riesgo pasa por la falta de entrenamiento en habilidades sociales "imprescindibles" que sólo se incorporan a través del contacto personal de familia y amigos. Ambos expertos concuerdan en que la tecnología puede enriquecer la vida de niños y jóvenes si se relaciona equilibradamente con la naturaleza, los demás y consigo mismos, ejercitando la reflexión.

Las cifras

50% De jóvenes entre 9 y 17 años utiliza a diario varias tecnologías a la vez. La cifra es similar en Uruguay, dicen los expertos.
50% Porcentaje de niños varones que utiliza videojuegos para mayores de 18 años. En el caso de las niñas la cifra es del 15%, dice el psicólogo Roberto Balaguer.
25% De las niñas admite que si sus padres conocieran el contenido de algunos de sus videojuegos no les permitirían usarlo. En los niños la cifra asciende al 50%.
50% Porcentaje que ilustra la cantidad de padres que no conocen qué es lo que hacen sus hijos frente a una pantalla de computadora, según la experiencia del psicólogo Balaguer.

Fuente: El País

noviembre 06, 2010

La dimensión emocional en la relación profesor-alumno

Autor: Alvaro Carrasco


Psicólogo, investigador y docente.
Magister en Psicología Clínica
 

Siempre cuento que me gusta dar clases. Sin buscarlo, me encontré hace algunos años con la oportunidad de ejercer la docencia. Este trabajo me exigió un esfuerzo adicional al de mis labores profesionales regulares pero me dejó un grato sentimiento de satisfacción. Trabajé con varios grupos de alumnos, de distintas características, hasta que me encontré a unos estudiantes a los cuáles ya no era agradable tratar de enseñar. Este grupo de alumnos era distinto a los otros estudiantes con los que yo había trabajado antes. Lo primero que me llamó la atención fue su aparente desinterés e irreverencia y, luego, las críticas debilidades en su formación académica. Me planteé la situación como un reto; ¿qué puedo hacer para lograr motivar a estos alumnos y que aprendan? A lo largo del semestre intenté diversas estrategias con, relativamente, pocos resultados. Mientras este curso y las relaciones con mis estudiantes avanzaban, experimenté diversas emociones; al reflexionar sobres ellas, me percate que algunas de estas emociones pueden ayudar a la relación alumno-profesor y, otras, perjudicarla.
Desde hace más de una década, casi todos los países de mundo han emprendido reformas educacionales que buscan superar las debilidades de la educación tradicional y preparar la mano de obra para los requerimientos de un nuevo mundo productivo. Las reformas en América Latina han abordado diversos aspectos de los sistemas educativos, desde las modalidades de administración, los currículos, hasta, las prácticas pedagógicas. A pesar de estos importantes y sostenidos esfuerzos los resultados en términos de la calidad de los aprendizajes de los alumnos son, todavía en muchos casos, insatisfactorios. Las explicaciones para esta ineficacia están siendo estudiadas y por el momento apuntan hacia la relevancia de la gestión escolar descentralizada, los sistemas de financiamiento (vouchers), los sistemas de rendición de cuentas (accountability), a la formación y actualización de los docentes, a la cultura escolar y a las características y requerimientos de la nueva pedagogía. Un aspecto sobre el que no he visto ningún tipo de consideración, y sobre el cual yo no me había percatado hasta enfrentarme con mis desmotivados alumnos, es la dimensión
emocional en la relación alumno-profesor. Es decir, en el proceso de enseñaza-aprendizaje no sólo entran en juego los conocimientos pedagógicos del profesor, los recursos y condiciones materiales disponibles o el nivel socio-económico de los alumnos, sino también, la relación que se establece entre aprendices y maestros. En este ensayo pretendo identificar algunos de los matices en la relación profesor-alumno que pueden influir sobre el aprendizaje.
El análisis que a continuación presentó lo hago desde mi propia experiencia como estudiante y mi trabajo como profesor, el cual, en los últimos años, se ha ubicado en el nivel universitario. Para desarrollar este ejercicio partiré desde la relación paciente-terapeuta, que es un vínculo sobre el que tengo entrenamiento y reflexiones avanzadas. Creo que docencia y psicoterapia tienen aspectos similares que permiten una comparación. Ambas actividades trabajan con personas, involucran aspectos emocionales de ambas partes involucrados en la relación y las dos buscan el desarrollo del ser humano. De hecho muchas veces la figura del maestro conlleva la enseñanza de un arte particular y la orientación para la vida.
La actitud docente
Un postulado de la corriente humanista en psicología señala que uno de los factores terapéuticos más importantes es la actitud acogedora, atenta y comprensiva del psicólogo. La idea tras este postulado es que la disposición del terapeuta compensa, en cierta medida, carencias emocionales en la vida del paciente, lo que produce un efecto terapéutico. Ante muchas situaciones problemáticas el paciente guarda en sí mismo las soluciones pero producto de una especie de embotamiento emocional y obnubilación de las funciones cognitivas se le hace difícil encontrar la salida. En estos casos, el terapeuta funciona en buena medida como un agente catalizador; los pacientes lanzan a alguien que está dispuesto a recibir, ideas, hipótesis, posibles escenarios y el terapeuta ordena y refleja.
En el caso de la labor docente, también es necesaria, o al menos conveniente, una actitud particular. El principal propósito del profesor es que sus alumnos aprendan. El aprendizaje perseguido hace relación a contenidos específicos de la materia estudiada y a ciertos valores, que en el caso de la educación escolar se conocen hoy en día como educación de la transversalidad y en el caso de la educación superior la ética profesional o de trabajo. Estos dos aspectos del aprendizaje se convierten en la meta del trabajo docente. Uno podría pensar que esta actitud es un requerimiento no muy difícil de cumplir, sin embargo es ya casi un problema clásico la falta de vocación de muchos docentes. Es decir, muchos profesores llegaron a esta profesión no por una predilección sino por no poder optar por otras posibilidades. Otros llegan al ejercicio de la docencia por necesidad, por conveniencia en el desarrollo de la propia carrera académica y otros como un escalón a otras profesiones. En estos casos es común que el docente no se planteé como el objetivo principal el aprendizaje de los alumnos. Por su parte los alumnos detectan con cierta facilidad la disposición real del profesor. Cuando los alumnos observan un profesor auténticamente preocupado por su aprendizaje, lo aprecian y desarrollan una mejor disposición para aprender; además, están aprendiendo una actitud responsable, comprometida y honesta frente al trabajo.
La adopción de esta disposición por parte del profesor puede resultar fácil cuando se trabaja con alumnos aventajados y con interés por aprender. En estos casos se produce una sinergia en torno a los objetivos pedagógicos. Sin embargo, la situación se vuelve mucho más complicada para el profesor cuando se enfrenta a un grupo que tiene dificultades para aprender o poco interés. En estos casos es normal que aún los profesores con la mejor disposición enfrenten momentos de decepción y frustración, es justamente en esos momentos, cuando es más importante que la actitud apropiada se encuentre bien instalada. Un ejemplo extremo para ilustrar esta situación se encuentra en la opinión del director de un liceo al cual al entrevistarlo señalaba: “Ponemos tantas restricciones para tratar de que la menor cantidad de muchachos que andan en pandillas entren, ya que la escuela no tiene la capacidad de cambiar esa conducta y, como no tiene capacidad de cambiarla, entra un pandillero y dos meses después ya hay 10. Entonces se va generalizando. Y ese es el temor de las escuelas, porque no estamos haciendo ese trabajo, no tenemos un modelo pedagógico para poder cambiar la conducta de esos muchachos, sabiendo, que la educación, para muchos de los muchachos, es la única opción que tienen para cambiar su vida”.
Podría decirse que ser un buen profesor de “buenos” alumnos es, en cierta medida, tarea fácil. Otra cosa mucho más complicada es ser un buen profesor de “malos” alumnos. Aquí hay un nudo crítico en los sistemas educacionales, ya que existe una gran cantidad de niños y personas que debido a su situación social y familiar no llegan al aula en las mejores condiciones para aprender. Este grupo de personas -los marginados, los incomprendidos, los carentes de oportunidades- tiene todo el derecho de recibir la mejor educación que sea posible; de hecho la posibilidad de una recibir una buena educación es una de sus mejores armas para salir de su situación de desventaja. Sin embargo muchas veces, las dificultades que generan producen desmotivación y desinterés por parte de los profesores, que entonces sólo imparten clases por cumplir. Esta actitud del docente refuerza las imágenes negativas, las malas experiencias de los estudiantes y disminuye la calidad de la enseñanza. Varias investigaciones en el ámbito educacional han encontrado que las expectativas de los docentes respecto a las posibilidades de aprendizaje y desarrollo de sus estudiantes, se encuentran positivamente relacionadas con los rendimientos escolares. No se trata de que los docentes obliguen a aprender a quien no quiere aprender, sino que se mantengan firmes en sus convicciones pedagógicas aún cuando a los alumnos, por distintas circunstancias, se les haga difícil aprender. Esta convicción es la que con frecuencia añoran los antiguos profesores llamándola, adecuadamente, vocación o mística docente. La recuperación de esta actitud en el trabajo docente no es en ningún caso una decisión meramente individual dejada a la conciencia o al corazón de cada profesor. En buena medida esta actitud se crea en un contexto escolar que la aprecie y la apoye y, por otra parte, de una sociedad que reconozca el valor del trabajo docente y despeje el camino a aquellas personas que naturalmente muestran esta disposición.
Las diferencias de valores
Hemos dicho que el trabajo del profesor, idealmente, ha de incluir la promoción de ciertos valores o de una cierta ética de trabajo. En una educación pública y laica, esta situación se complejiza porque no corresponde que un profesor imparta su peculiar sistema de valores que, en ocasiones, puede estar reñido con los valores que la familia trata de promover. Ante esto, algunos proponen que los valores a promover sean aquellos sobre los que existe un cierto consenso: los derechos humanos; las conductas pro-sociales; las disposiciones del ánimo y las destrezas cognitivas favorables a los modos de producción actual. Estos serían temas sobre los que parece existir un acuerdo mayoritario entre los miembros de la sociedad actual. Los profesores, no importa de qué materia, deberían educar en estos valores. Sin embargo, otros plantean que la labor de la escuela consiste en desarrollar las habilidades cognitivas involucradas en los juicios de valor.
Ambas posturas son necesarias; lo que es inaceptable es la “asepsia valórica”, porque no es posible no enseñar valores. Todo aquello que nos mueve tiene un valor para nosotros; ya sea positivo o de atracción, negativo o rechazo. En este sentido los valores sólo son accesibles cuando se observan en la acción, antes son actitudes, predisposiciones, inclinaciones y, no en pocas ocasiones, mentiras. Los valores solo los vemos cuando se expresan en la conducta: “Una acción vale más que mil palabras”. En este sentido, en la interacción profesor alumno siempre se está enseñando valores.
Pero entonces, ¿qué pasa cuando los valores del alumno no coinciden con los del profesor? Porque aunque exista un marco general colectivamente compartido, siempre hay situaciones que nos llevan a los límites y a las interpretaciones disímiles. Es posible que una o ambas partes no logren integrar las variaciones valóricas. Esto es muy común en los conflictos generacionales entre adolescentes y adultos. ¡Yo todavía no logro entender la moda del piercing.....! La integración muchas veces no resulta fácil para el profesor que asume su rol y la actitud de enseñar. En primer lugar tiene que hacer un esfuerzo introspectivo para clarificar su postura valórica. Esta disposición no se da fácilmente a las personas porque implica, muchas veces, remover experiencias, ideas y/o emociones intensas. Además, una vez identificada la propia posición, no resulta fácil aceptar una postura distinta. Cuando esta situación se convierte en un conflicto para el profesor, éste puede experimentar angustia y/o enojo. En esta encrucijada el profesor debe intentar mantener el equilibrio emocional, ser consecuente con sus propias convicciones siendo, a la vez, flexible al aceptar las diferencias del otro.
La intolerancia lleva a una situación donde profesores y alumnos han perdido el rumbo común. Así el profesor puede verse movido a imponer su opinión en virtud de su poder; es clara, en el caso de los adolescentes, la reacción de rebeldía que esto produce y lo poco conveniente para una óptima relación. Si por otra parte estamos convencidos de nuestra percepción y del papel del educador, la función del profesor es mostrar su decisión respetando la del otro. Esta actitud, es por una parte consecuente con la propia convicción, a la vez que permite la variación, la experimentación, el aprendizaje por el error y el cambio. Creo que aunque se adopte una postura flexible es apropiado también mostrar las propias convicciones ya que al hacerlo el estudiante se percata de opciones que puede no haber considerado previamente, ampliándose así su campo de decisión. Además, con frecuencia, las personas somos lentas para comprender ciertos tipos de enseñanzas que tienen mucha importancia para la vida. La experiencia muchas veces da una luz distinta a un evento del pasado, por lo que es importante contar con un modelo o una referencia a la cual acudir.
Transferencia y contratransferencia
Entenderemos la transferencia como la proyección que hace el paciente -en nuestro caso el aprendiz- de los sentimientos para con alguna figura de importancia personal sobre el terapeuta o profesor. Al igual que en la terapia, la transferencia es un fenómeno frecuente en la relación estudiante-profesor. Es muy común, por ejemplo, que los alumnos proyecten sobre el profesor la relación que hayan tenido con sus padres. Si la relación con el padre ha sido positiva, este tipo de transferencia puede ser conveniente en los momentos iniciales de la relación pero, en caso de que la relación con los padres ha sido negativa puede traer resistencias iniciales. El rol del profesor no es, en la mayoría de los casos, el de integrar esta experiencia en la labor docente; no es labor del profesor entrar en la dinámica de la relación porque su objetivo principal es que el alumno aprenda, digamos, matemáticas o cualquiera sea la materia estudiada y porque no tiene el entrenamiento necesario para manejar las ramificaciones emocionales que trae el análisis de la transferencia. En el caso de la terapia, la identificación de la transferencia y su análisis requieren de un conocimiento detallado de la vida personal del paciente, lo cual no es siempre posible en el caso del profesor. Un conocimiento más profundo de la vida personal del estudiante es más común en los casos de los profesores de educación básica, por lo que estos se encuentran en mejor posición para identificar y manejar la transferencia. En cualquier caso, el profesor debe estar atento a la dimensión transferencial de la relación ya que le puede permitir comprender mejor a sus alumnos. En la mayoría de las situaciones lo principal es que el profesor reconozca la posibilidad de la transferencia y que, algunas de las reacciones de sus alumnos no se deben únicamente a su disposición y labor docente.
La contra-transferencia también puede ser observada en la relación aprendiz-maestro. Muchas veces ciertos alumnos despiertan cierta simpatía en el profesor porque les recuerda a él mismo cuando joven, porque lo relaciona con un amigo un pariente o un hijo. Cuando estas asociaciones funcionan contra-transferencialmente pueden influir en el proceso de enseñanza aprendizaje. Por ejemplo, si el profesor experimenta una contra-transferencia positiva de un pariente querido, esto puede predisponerlo para dar, inconscientemente, un tratamiento especial a un alumno. Para el afectado, esta puede ser una situación bastante conveniente y agradable, pero para el resto del curso puede parecer una situación injusta y verse al profesor como “barrero”. Así, reconociendo la existencia de este fenómeno, el profesor debe percatarse de las emociones que despiertan sus alumnos y tratar de controlarlas en función de la armonía grupal y la ecuanimidad.
Hemos planteado hasta aquí algunas reflexiones iniciales en torno a la relación profesor-alumno. Se ha visto la importancia de la vocación y de la actitud docente; se ha señalado como un conflicto de valores puede afectar la relación con los alumnos y, se han identificado los fenómenos transferencial y contra-transferencial. Con seguridad, continuar un análisis es esta línea llevará a reconocer otros aspectos relacionales significativos en la dinámica alumno-profesor. Sin embargo, las observaciones desarrolladas aquí son suficientes para incluir este tipo de reflexiones y un entrenamiento básico en la formación de los profesores. También, se destaca la relevancia de la selección apropiada de los profesores basada no solo en los conocimientos sino en el genuino interés por enseñar. Finalmente las ideas aquí presentadas demuestran la carga y la responsabilidad ética del docente frente a sus alumnos; este reconocimiento también argumenta en favor de un mayor reconocimiento social a la labor de todo buen profesor.

junio 13, 2010

Acoso Escolar o Bullying: Perfil del acosador y de la victima

Dra. Wanda E. Soto Vazquez
Educadora, Directora Investigadora del tema
Mobbing o Acoso Psicológico y bullying o Acoso Escolar
La violencia escolar, según Olweus (1997) es la que se produce en el sistema escolar. Dentro de ella hay un tipo de violencia muy preocupante en nuestros días: el acoso (bullying). El acoso escolar tiene un gran parecido en su modus operandi y consecuencias con el acoso laboral (mobbing).
Definiciones de Violencia Escolar y Acoso
La violencia escolar es cualquier tipo de violencia que se da en contextos escolares. Puede ir dirigida hacia alumnos, profesores o propiedades. Estos actos tienen lugar en instalaciones escolares (aula, patio, lavamanos, etc.), en los alrededores del centro y en las actividades extraescolares.
El término acoso (bullying2) hace referencia a un comportamiento repetitivo de hostigamiento e intimidación, cuyas consecuencias suelen ser el aislamiento y la exclusión social de la víctima.
 
Hablamos de acoso cuando se cumplen al menos tres de los siguientes criterios:
  • La víctima se siente intimidada.
  • La víctima se siente excluida.
  • La víctima percibe al agresor como más fuerte.
  • Las agresiones son cada vez de mayor intensidad.
  • Las agresiones suelen ocurrir en privado.
Ordinariamente, suele considerarse que el acoso va acompañado de una “ley del silencio” donde se ve, oye, toca y conoce lo que sucede, pero “NO SE HACE NADA”. ¿Por qué? ¿Qué impide tomar acción? ¿A quien o a quienes le corresponde hacer lo correcto para disminuir o ponerle limites a este mal hábito, a esta Plaga Social venenosa que parecería parte de la vida de las personas? Pues bien… Lo primero es hablar de Amor propio, de Seguridad y estabilidad emocional, mental y espiritual. Segundo, Modelos teóricos de Aprendizaje en el niño @, tercero de Educación y enseñanza, cuarto de Evaluación y Ayuda, y Quinto de Implantación de Programas Innovadores de modificación de conducta. Aquí se necesita integrar a todo aquel profesional de todas las ramas en un deseo genuino y verdadero de establecer canales de comunicación asertiva para el mejoramiento académico, personal y psicológico del posible desertor escolar. Las escuelas públicas o privadas son los lugares favoritos para demostrar estas conductas antisociales tanto en estudiantes, como en adultos. No obstante, son precisamente los niños @s los mas afectados@s e impactados@s en el escenario escolar por actos de violencia o “Bullying” diariamente. Muchos educadores han visto esta mala práctica, como algo que está en la norma del niño@ y más que nada del adolescente. Sus acciones negativas reciben la honrosa justificación de falta de madurez, disciplina, problemas sicológicos o simplemente presiones sociales. Nada más lejos de la realidad. El niño@ “Bullie” o “Abusador” es una bomba de tiempo en la escuela y si no recibe ayuda, tratamiento y disciplina a tiempo se convertirá en una amenaza social para su familia, sus amigos, su trabajo y su país en un futuro.
Señales de peligro “Bullying”. Tomado del Libro de Allan L. Beane, “Bully Free Classroom; over 100 tips and Strategies for teachers K-8 Free Spirits 1999. www.freespirits.com
  1. Sentirse con poder y control de los demás.
  2. Buscar dominar y manipular compañeras.
  3. Es muy popular y envidiado @ por sus compañeros.
  4. Podría ser físicamente más grande y fuerte que los demás del grupo.
  5. Es impulsivo. Le encanta ganar en todo. Odia perder a toda costa.
  6. En ambas cosas, mal ganador y mal perdedor.
  7. Parece que deriva placer del dolor, miedo, sienten incomodidad de otros.
  8. Parece sobré limitar la línea de respeto.
  9. Logra ser respetado con miedo.
Un jovencito abusado y maltratado en la escuela está desorientado, solo, baja las notas. Siempre esta triste y lo más desolador: Se quiere quitar la vida. No lo aceptan como es y él no quiere vivir. ¡Terrible!
Existen según los expertos dos tipos de “Víctimas de Bullying”, estos son: Las víctimas pasivas y las víctimas provocativas.
Pasivas – son ansiosos, sensitivos, solitarios, apagados, carecen de autodefensas, no piensan rápidamente, y tienen pocos amigos, que les den apoyo.
Provocativas – rápidos de respuestas, impulsivos, molestan a los niñ@s que atacan a los bullies, reciben los huevos y ataques, ellos mismos se ponen de blancos de tiro, no se defienden ellos mismos.
Conductas de las Víctimas en la Escuela
  1. Repentinos cambios en asistencia y logros académicos.
  2. Asistencia errática.
  3. Pérdida total de interés por la escuela.
  4. Descenso en calidad del trabajo escolar.
  5. Éxitos académicos aparecen como mascotas de maestros.
  6. Dificultad de concentración en el salón de clases. Fácilmente distraídos.
  7. Van al recreo tarde y regresan rápido.
  8. Tienen problemas de aprendizaje o diferencias con el grupo.
  9. Carecen de interés de actividades escolares.
  10. Se dan de baja de cursos y no aceptan mentores o tutores.
Conducta Social de las Víctimas de “Bullies"
  1. Solitarios, retirados, aislados.
  2. Pobre o ninguna interacción social.
  3. No tienen amigos o solo unos pocos.
  4. Son no populares en el grupo, pasan desapercibidos. Reciben las migajas de la clase.
Conductas Emocionales de las Víctimas
  1. Repentinos cambios de conducta y de humor.
  2. Pasividad, timidez, callados, retirados, temerosos, asustados.
  3. Baja o ninguna autoestima y auto confianza.
  4. Sobre reactivos ante peligro, hipersensibles.
  5. Nerviosos, preocupados, miedosos, inseguros.
  6. Lloran fácilmente delante de otros. Demuestran su debilidad a los otros.
  7. Bajas o ningunas destrezas asertivas.
  8. Irritables, destructivos, agresivos, pierden rápido el temperamento, pelean, pero siempre pierden.

abril 22, 2010

Alteraciones más frecuentes del Habla y Lenguaje en Educación Regular en la edad Pre Escolar y Escolar

ic. TM.TL. Antonio Macedo Cornejo
Terapeuta Audición, Lenguaje y Motricidad Oral
Docente de la Cátedra de Alteraciones Oclusales
en Terapia de Lenguaje
Universidad Nacional Federico Villlarreal (Lima - Perú)
Terapeuta de Lenguaje de Red Terapéutica Perú
y del Centro Terapéutico de la Cuna Jardín Aprendiendo Juntos
Telefonos: 998904423 / 9979441167 / 423*1561 / rpm: *325260
E-mail: amacedo@redterapeuticaperu.com Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla / eantonio_macedo@hotmail.com Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

 
Los Terapeutas de Lenguaje que laboramos dentro de Instituciones Educativas Regulares, podemos afirmar que actualmente se ha incrementado el número de incidencia de niños(as) con alguna dificultad en su habla o trastornos del lenguaje; estos últimos detectados recién a los 4 o 5 años cuando hay mayor exigencia en el ámbito educativo y los niños demuestran sus dificultades para elaborar oraciones largas, responder frente a construcciones lingüísticas abstractas o dificultades en la comprensión lo que se evidencia en la imposibilidad de responder a preguntas abiertas como ¿Por qué?, ¿Cuándo?, ¿Cómo? Entre otras, respondiendo muchas veces forma incoherente a las preguntas, sin que esto nos diga que necesariamente sus problemas del lenguaje están acompañados de retraso mental.
 
Muchos de estos problemas del habla y lenguaje son arrastrados desde pequeños cuando el niño no hablaba, decía pocas palabras,  hablaba mal, respondía diferente a lo que se le hablaba, etc. Y como padres justificamos diciendo que ‘todavía es muy pequeño’, ‘Yo también demore en hablar’, ‘Que gracioso cómo habla’; puedan que en algunos casos tengan razón y solo debamos darle tiempo para que madure su lenguaje pero ¿Qué pasa con aquellos niños que van creciendo y sus problemas del habla o lenguaje se hacen más marcados? En estos casos el padre de familia deberá buscar ayuda al especialista lo antes posible,  para que evalúe, diagnostique y de tratamiento a estos problemas. Debo hacer hincapié que el cerebro del niño tiene su máximo desarrollo los primeros años de vida y si lo estimulamos desde temprano o corregimos estos problemas, tendremos mejores oportunidades de intervenir y proporcionar situaciones habilitadoras para la recuperación.
 
Antes de profundizar en los problemas del habla y lenguaje en el niño, es necesario explicar brevemente los conceptos y desarrollo normal del habla y lenguaje.
 
El lenguaje es un sistema de comunicación que nos capacita para abstraer, conceptualizar y comunicarnos a través de un conjunto de signos estructurados, tanto orales, gestuales como escritos. El lenguaje es posible gracias a diferentes y complejas funciones que realiza el cerebro que se desarrolla y  cimenta a partir de la gestación, y se configura según la relación del individuo con su medio.
 
El lenguaje consta de varios niveles: Fonológico (sonidos del habla y configuración de la sílabas), morfológico (organización interna de las palabras), sintáctico (forma en que las palabras se combinan en una oración), semántico (significado de las palabras) y pragmático (uso social del lenguaje).
 
El habla es el medio de comunicación verbal del lenguaje. Para hablar se requiere una coordinación neuromuscular precisa, necesaria para la planificación y ejecución de secuencias motoras muy específicas. En el niño ésta coordinación se desarrolla lenta y progresivamente en los cinco primeros años de vida gracias a la maduración de los órganos que conforman el aparato fonoarticulador, es por ello que conforme va creciendo habla mas claro, por ejemplo: a los 3 años dice ‘gatón’ por ‘ratón’ mientras que a los 5 años lo pronuncia sin dificultad.
 
El conjunto de órganos que intervienen en la producción de los sonidos se denomina “aparato fonoarticulador” y está compuesto por lo siguiente:
  • Órganos de la respiración: Incluye los pulmones, músculos costales y el diafragma, estos permiten el ingreso y salida del aire que es necesario para la producción de los sonidos.
  • Órganos de la fonación: Formado por la laringe y las cuerdas vocales, son os responsables de producir la voz gracias a la vibración de las cuerdas vocales durante la espiración.
  • Órganos de resonancia: Constituido por la faringe, la boca y las fosas nasales. Son los que modulan el tono de los sonidos producidos por los órganos de la fonación y le dan a la voz un timbre muy personal. Órganos de la articulación: Conformados por el paladar, la lengua, los maxilares, los labios y los dientes. Su función es articular los sonidos para formar palabras.
 
 
 
Problemas del Habla y Lenguaje más frecuentes en la edad pre escolar y escolar
 
Son varios los trastornos del habla y lenguaje y que afectan de una manera clara al trabajo escolar de los niños limitando en gran manera la adquisición de conocimientos, posibles problemas de lectoescritura, el desarrollo de su personalidad y Aumento de la frecuencia de alteraciones de conducta y problemas emocionales. De ahí la importancia que tiene su detección temprana, para poner los medios necesarios encaminados a su corrección.

Las alteraciones del habla y lenguaje más frecuente en edad pre escolar y escolar son:
 
  • Retraso simple del habla: Es un desfase significativo en la aparición y en el desarrollo de la expresión pero la comprensión es prácticamente normal para su edad y la actividad no lingüística se encuentra también dentro de la normalidad. Su causa no puede ser explicado por un retraso mental, ni un trastorno generalizado del desarrollo, ni a déficit auditivo, o trastornos neurológicos sino más bien a la sobreprotección o falta de estimulación.
  • El Trastorno Fonológico o Dislalia: consiste en la incapacidad del niño para pronunciar correctamente los sonidos del habla, que son esperables según su edad y desarrollo; debido a dificultades motrices en la cavidad oral pero sin la presencia de problemas neurológicos o anatómicos.  Sus causas pueden ser:
    • Poca fuerza y movilidad de los músculos que conforman los órganos articulatorios.
    • Déficit en la discriminación auditiva.
    • Estimulación lingüística deficiente.
    • Errores perceptivos en la cavidad oral.
    • De tipo psicológico (sobreprotección, presencia de un hermano menor, traumas, etc.).
Este trastorno se va a manifestar en errores en la producción de sonidos como la sustitución de una letra por otra (el niño dice “tasa” en vez de “casa”) o la omisión de consonantes (“lapi” en vez de “lápiz”) o adición de consonantes dentro de una palabra (“palato” por “plato”) o distorsión de consonantes.
  • Tartamudez o Disfemia, son las interrupciones involuntarias del habla que se caracteriza por el bloqueo para decir el primer fonema (letra) de la palabra o por la repetición de silabas iniciales, palabras y/o segmentos de frases. Los casos con mayor severidad se acompañan de tensión muscular en cara y cuello, miedo y estrés.
Existe una Tartamudez Fisiológica que se da entre el segundo y cuarto año de vida con poca duración e intensidad y luego desaparece; generalmente se debe a que el niño procesa más   información que la que dice y quiere decir todo a la vez.  Este tipo de tartamudez no requiere de tratamiento pero si de pautas para evitar que se exacerben los bloqueos o repeticiones.
  • Trastornos específicos del desarrollo del lenguaje:
    • Presenta una articulación muy afectada, incluso ausencia completa del habla pero con una Comprensión normal o muy próxima a lo normal.
    • Tiene una comprensión del lenguaje afectada así mismo su expresión puede estar limitada a palabras o frases cortas debido a problemas en su articulación.
    • Presenta un habla fluente, con buena articulación y estructuración de frases pero con una comprensión deficiente cuando se le habla o se le hace preguntas de enunciados complejos como ¿Por qué?, ¿Cuándo?, ¿Cómo? Entre otras, respondiendo con incoherentemente a la pregunta que se le hace.

abril 16, 2010

"Los límites en la primera infancia:cuándo, cómo y por qué"

"Los límites en la primera infancia:cuándo, cómo y por qué"

Los enchufes son toda una tentación. Tomás, de dos años, está pendiente de cualquier descuido de sus padres para explorarlos. Y cuántos más retos recibe, más la atracción. "La prohibición despierta el deseo -dice Eva Rotenberg , creadora de la Escuela para Padres -. Si sólo se acentúa el No, los padres están estimulando que desobedezca. Cuando se enfatiza tanto lo que está prohibido, se lo atrae. Tiene un doble efecto."

En esos casos, lo conveniente es darles a los chicos opciones y ofrecerles un juego compartido. "Lo mejor es festejarle otras cosas porque en la crianza se pueden acentuar los logros o lo que está mal. Si se acentúan los logros, crecen con confianza en sí mismos. Sino, piensan que todo lo que hacen está mal, y eso les genera inseguridad", agrega la especialista.

El concepto de límite, generalmente relacionado con la autoridad, es una forma de enseñarle al niño a cuidarse. "Implica brindar un marco de contención y seguridad al desborde de ciertas conductas que suelen significar también muchas veces expresiones de angustia", explica Felisa Lambersky de Widder , coordinadora del departamento de Niños de la Asociación Psicoanalítica Argentina .

Para la escritora Laura Gutman , autora de los libros La revolución de las madres y Crianza, violencias invisibles y adicciones , hablar de límites es un malentendido. "Tenemos un problema de comunicación entre lo que pide el niño -porque lo necesita- y lo que los adultos estamos dispuestos o no a ofrecer. Cuando un niño -que es un ser dependiente- pide y no obtiene, desplaza su pedido hacia otros más escuchables. Por ejemplo, cuando ya se cansó de pedir presencia, pide caramelos. No importa cuántos caramelos coma, seguirá pidiendo más. Los padres creemos entonces que no tiene límites. En verdad, no hemos escuchado el pedido original, que se puede satisfacer."

La clave está en acompañar. "Algún No puede tener sentido, siempre y cuando los adultos tengamos alguna opción de Sí. Por ejemplo, No podes tocar la ficha de la electricidad pero Sí te acompaño a subir y bajar las teclas de la luz, todas las veces que quieras hasta descubrir el secreto (tampoco son tantas veces si acompañamos un rato al niño en su exploración)", ejemplifica Gutman.

Primeros pasos, primeros límites

En la etapa del gateo y de la deambulación comienzan a marcarse las primeras pautas de comportamiento. "Es cuando frente al desconocimiento del niño, éste se ve impulsado a realizar actos que implican un riesgo para su vida como, por ejemplo, tocar los enchufes o intentar saltar de la cuna por sobre los barrotes", explica Widder.

En otros casos, responden a convenciones sociales. "En la etapa del control de esfínteres, si bien esta enseñanza está a cargo de los padres, la necesidad de reconocer el deseo de evacuación y micción en el ámbito correspondiente deviene de un límite impuesto por la cultura, que exige al pequeño la renuncia al placer de ensuciarse propio de la edad y comprende un aprendizaje que los adultos significativos deben acompañar", agrega.

"Si el niño se sabe escuchado y comprendido puede perfectamente acompañar o tolerar cuando algo en particular no se puede obtener. Pero cuando no obtiene nada -desde sus expectativas de cuidados maternales- le resultará mucho más difícil. Es hora de ponernos en el lugar del niño pequeño y tratar de vislumbrar el mundo desde ahí", concluye Gutman.

Es un aprendizaje, y como tal debe impartirse con tranquilidad, seguridad, firmeza, claridad y amor.

Fuente: www.lanacion.com 30/06/09

marzo 28, 2010

La Evaluacion es Causa de Fracaso Escolar?

Artículo escrito por Zulma Perassi
Profesora adjunta responsable de cátedras
en la Licenciatura y Profesorado de Ciencias de la Educación
y en la Licenciatura en Educación Inicial
de la Universidad Nacional de San Luis, Argentina
 
Síntesis
El fracaso escolar es un fenómeno que hoy está presente en numerosas escuelas de América Latina. Y es precisamente la escuela la encargada de poner en evidencia, de visibilizar, este flagelo que trasciende los muros de la institución escolar y encuentra sus raíces en la realidad social, económica, política y cultural de un país.
Las culturas de la evaluación, vigentes en todas las instituciones educativas, constituyen tramas estratégicas, favorecedoras u obstaculizadoras del surgimiento del fracaso escolar. En este trabajo se identifican algunos rasgos clave de dichas culturas evaluativas que alientan trayectorias hacia el fracaso, efectuándose una breve reflexión sobre cada uno de ellos.
Sin embargo, este fenómeno no alcanza a comprenderse en su complejidad sólo desde la escuela, sino que es necesario ampliar la mirada hacia el sistema educativo y social del que ella forma parte. Es por ello que, vinculado a la mirada, en la propuesta final se plantea el hecho de que para dar respuesta a los múltiples interrogantes que surgen del abordaje de la problemática será menester, además de elaborar respuestas distintas, acceder a nuevos lugares desde los que mirar, sin soslayar la efectiva vinculación con la ética y la política.
Introducción
Una escuela existe porque hay sujetos que necesitan ser educados. Si bien ella no es la única institución educadora, es la que tiene la esencial responsabilidad de organizar sistemáticamente el proceso de aprendizaje de quienes ejercen un derecho humano básico: el de educarse.
Educarse no es sinónimo de «escolarizarse», en tanto existen en la sociedad múltiples y variados agentes proveedores o generadores de educación. Pero es la escuela, en sus diferentes formatos –jardín de infantes, primaria o básica, colegio, instituto, universidad, etc.– la encargada de certificar los niveles de conocimientos que el sujeto va logrando en el proceso educativo que desarrolla a lo largo de su vida.
En América Latina el acceso a la escolaridad básica ha alcanzado cifras notablemente crecientes en los últimos tiempos. Mientras que al inicio de la década de los noventa el 80% de la población entre 6 y 17 años se escolarizaba, en los primeros años de este siglo la cifra ascendió al 89% (SITEAL, 2006). El 11% que queda fuera del sistema es el que pertenece a los sectores más vulnerables y pobres. En los países de la región la posibilidad de acceder y rezagarse en la escolaridad –este último fenómeno en el período 2000-2004 alcanzó el 17% del total de incluidos, según datos de SITEAL (2006)– está vinculada estrechamente
al origen social de niños y adolescentes.
La ampliación de la educación no ha estado acompañada de una disminución de las desigualdades económicas y sociales, por el contrario, ha sido compatible con sociedades crecientemente desiguales y excluyentes, donde la concentración de la riqueza va en aumento (García Huidobro, 2007, p. 89).
El incremento de la oferta estatal y la sanción de leyes nacionales que prolongan la obligatoriedad escolar, como es el caso de
Argentina con la Ley 26.206, Ley de Educación Nacional, que a partir del año 2006 definió una educación obligatoria de trece años, no alcanzan ni para garantizar la permanencia y egreso de los alumnos del sistema educativo ni, mucho menos, para asegurar una verdadera inclusión social y cultural.

El fracaso escolar
El fracaso escolar aparece como un flagelo que, en la actualidad, golpea fuertemente a las escuelas, a la vez que excede y traspasa sus paredes.
Sabemos que desde su nacimiento cada niño comienza a configurarse como sujeto en el espacio familiar y social del que forma parte. Su ingreso a la escolaridad lo revela portador de un capital social y cultural que demanda ser reconocido. Para constituirse en «alumno» ese infante necesita aprender a decodificar un entorno –poblado de normas, ritos, lenguajes y acciones– que no siempre es compatible con aquel que está vigente en su grupo de origen, y es imperioso que logre desarrollar un conjunto de habilidades sociales que le permitan dar las respuestas esperadas por los miembros de esa comunidad escolar. Por múltiples razones, muchas veces estas construcciones no se concretan.
Así como se trata de una simplificación sostener que el fracaso escolar es sinónimo de bajo rendimiento en un área curricular, también lo es la atribución de este fenómeno a las posibilidades cognitivas del estudiante. La historia registra casos de niños y jóvenes que, habiendo tenido una vida plagada de carencias, sin embargo, pudieron encontrar instituciones –entre ellas la escuela– que se ofrecieron como espacios propicios para acogerlos y lograron forjar nuevas alternativas para sus vidas. Cuando la escuela no es capaz de descubrir, «ver», nombrar y reconocer al sujeto, y se focaliza en la norma privilegiando la dimensión del
deber ser, es altamente probable que lo condene al fracaso escolar.
Numerosos investigadores en educación consideran todavía, aunque reconozcan la arbitrariedad cultural de cualquier currículum, que la desigualdad en el éxito escolar es asimilable, aproximadamente, a la desigual apropiación de la cultura escolar, tal como la definen los programas (Perrenoud, 2008, p. 30).
Desde esta perspectiva es necesario remarcar que, si bien el fracaso excede el ámbito de la escuela, es decisivo el papel que esta juega en la historia de formación de cada estudiante. La escuela es el espacio público donde el fracaso escolar adquiere visibilidad; es el escenario en el que ese fracaso toma identidad, adquiere nombre propio y se muestra. El autor citado sostiene que es esa institución la que tiene el poder de decidir quién fracasa y quién tiene éxito.
Con frecuencia al fracaso escolar se le otorga un significado equivalente a «dificultades de aprendizaje», «repitencia» o «deserción
escolar». Para quien suscribe la presente, constituyen nociones claramente distintas.
Dificultades de aperendizaje
Las dificultades de aprendizaje se conciben como los obstáculos o inconvenientes –generalmente transitorios– que posee un alumno para sostener el ritmo de construcción de conocimientos que la escuela le propone. Schlemenson (1999) destaca que cuando esto sucede, la producción simbólica del estudiante se caracteriza por yerros y fracturas.
Estas dificultades, que suelen modificarse con el paso del tiempo, con el cambio de maestro, de año, de escuela, etc., también pueden ser indicio de una problemática más compleja: el fracaso escolar. No obstante, cabe remarcar que no existe una relación biunívoca entre ambos términos, es decir, la existencia de dificultades de aprendizaje no necesariamente denuncia fracaso escolar y, a su vez, este puede expresarse a través de manifestaciones diferentes.
Repitencia
La repitencia alude a la acción de volver a recorrer un tramo de la escolaridad ya transitado. Para el alumno implica recursar un año de estudio, frecuentemente con similar propuesta de enseñanza a la del período anterior. A menudo la oferta de enseñanza representa más de lo mismo.
En las instituciones que registran altos niveles de repitencia tiende a considerarse que la inteligencia es un «don» dado, de carácter estable, que no evoluciona. Por lo tanto el alumno repitiente se concibe menos inteligente que aquel que tiene éxito escolar. Sin embargo, ser un repitiente no es condición, ni evidencia suficiente, para convertirse en fracasado escolar.
Deserción escolar
La deserción hace referencia al abandono del sistema educativo sin haber concluido el mismo. Abandonar la escuela suele ser una decisión que corona una historia previa de alejamiento paulatino. La deserción escolar es el eslabón final en la cadena del fracaso escolar.
Antes de desertar es muy probable que el estudiante haya repetido, con lo cual se alarga su trayecto escolar, debilita su autoestima y comienza a perder la esperanza en la educación.
El fracaso escolar puede conceptualizarse de modos diferentes según el autor que se consulte. Adhiriendo a Martinelli (1998) es posible definirlo como desencuentro entre la institución educativa y el grupo socio-histórico-cultural con el cual el niño se identifica, cuyos efectos principales consisten en desoír los aspectos esenciales de esa realidad y golpear la propia identidad infantil, convirtiendo a ese sujeto (niño, adolescente o joven) en un fracasado escolar, personal y social.
En este proceso, la escuela no logra interpretar y atender otros modos de aprendizajes, otros estilos de interacción, otros usos del lenguaje, etc., en síntesis, otros patrones culturales que resultan demasiado distantes de lo «prescripto». La devaluación que realiza la institución del bagaje que porta el sujeto como proyección del contexto del que procede impacta negativamente en la motivación que el mismo posee por su propio aprendizaje, en tanto la escuela es vivida como espacio ajeno a su marco de referencia. Las deficientes intervenciones pedagógicas no le posibilitan al alumno organizar experiencias constructivas facilitadoras de aprendizajes posteriores (Borzone de Manrique y Rosemberg, 1996), sino que alimentan la brecha que separa dos mundos irreconciliables: el del sujeto, con sus vínculos y su entorno, y el de la escuela.
Frecuentemente cuando esto ocurre, aquella escuela que no alcanza a distinguir este desencuentro empieza a construir su propio fracaso, en un continnum difícil de interrumpir. El alumno queda atrapado en ese movimiento que es una exclusión ya no «de» la escuela sino «en» la escuela; nadie se hace cargo de este problema que suma a su condición de pobre, el estigma del fracaso escolar, abonando de este modo su desesperanza (Perassi y Farrero, 2008).

¿Qué vinculación existe entre la evaluación y el fracaso en el seno de una Institución Escolar?
Frente al fenómeno del fracaso escolar, la evaluación se pone «bajo sospecha».
Como proceso sistemático y deliberado de búsqueda de datos e información sobre algún aspecto de la realidad, la evaluación provee indicios para elaborar juicios valorativos que sustenten la toma de decisiones. En este sentido, ¿qué tipo de indicios está ofreciendo un proceso que no logra desentrañar la esencia misma del sujeto-alumno, principal «objeto de evaluación»? ¿Cuál es el propósito que alienta una indagación que no puede distinguir la heterogeneidad del destinatario y permanece anclada en un «modelo ideal» de alumno? ¿A qué intereses sirve la evaluación que nutre la brecha que ocasiona el desencuentro?
La concepción o el paradigma de evaluación que sustenta una institución escolar facilita u obstaculiza el camino hacia el fracaso. Las culturas evaluativas vigentes, compuestas de ideas, principios, tradiciones, representaciones, rituales, convicciones, etc., modos de hacer la evaluación educativa en la vida cotidiana, traducen esas concepciones.
Todas las escuelas poseen culturas de evaluación. Esta afirmación contradice lo que algunos teóricos sostienen cuando aseguran que es necesario instalar una cultura evaluativa en ciertas instituciones de educación develando, en consecuencia, una situación de ausencia o carencia. En realidad, considero que en estos casos se está aludiendo a la necesidad de gestar nuevas culturas de evaluación en el territorio escolar, con características más democráticas.
Las culturas reinantes pueden o no tornarse conscientes para sus miembros, pero siempre están presentes, inevitablemente existen. Estas tramas que se van tejiendo en el interior de la escuela componen marcos de referencia y otorgan sentido de pertenencia al accionar particular de los actores. Es decir, estas culturas contienen, a la vez que limitan, las prácticas evaluativas de los integrantes. Son las prácticas de directivos, docentes y personal en general, desplegadas más allá de los discursos, las que traslucen los modelos vigentes, las que denuncian los rasgos esenciales de la cultura dominante.
La vida escolar está atravesada por evaluaciones múltiples. Se evalúan aprendizajes, enseñanza, proyectos, unidades didácticas, desempeños de docentes, directivos, administrativos. Se evalúan las reuniones, los actos escolares, el uso del tiempo y del espacio, los textos, la distribución de recursos, los flujos de comunicación, el empleo de la tecnología, el diseño curricular, el plan institucional, etc. La cultura construida por cada escuela enhebra de un modo particular todos estos despliegues evaluativos; compone ciertos denominadores comunes; imprime un sello especial en las prácticas que las distingue del quehacer evaluador de otras organizaciones.
Cada cultura privilegia determinados propósitos en desmedro de otros, es decir, una escuela puede priorizar la finalidad diagnóstica en sus evaluaciones, o bien apostar a la optimización de sus procesos, o bien resaltar el control como propósito central de aquellas, o tal vez focalizar en la acreditación la razón de ser de sus múltiples indagaciones. Coherente con esto, otorga relevancia a ciertas funciones de la evaluación, a determinados actores, técnicas e instrumentos de relevamiento de datos, resalta la pertinencia de una temporalidad particular y define estilos «más adecuados» para operar en este campo.
Las instituciones escolares propiciadoras de fracaso son entidades con serias dificultades para establecer un diálogo con el entorno, con sus comunidades. Esta incapacidad se sustituye con monólogos sostenidos desde un espacio de acumulación de poder. Esa palabra, que es «su palabra», la que enuncia la voz oficial, no es puesta en duda por los actores que encarnan la institución y muy pocas veces, por los miembros de la comunidad.
Con frecuencia la falta de actitud dialógica se evidencia no solamente con el afuera, sino que, además, suele constituir una ausencia que atraviesa la vida escolar, fragmentando el territorio interno en múltiples parcelas.
A pesar de la variedad de estilos, características y formas que poseen las culturas evaluativas en una escuela, es posible identificar algunos rasgos clave que están presentes en aquellas construcciones que alientan trayectorias hacia el fracaso escolar.
La exclusión del sujeto evaluado en el desarrollo del proceso evaluativo
Esta sentencia puede visualizarse en aquellas concepciones cuyo propósito central, y a veces exclusivo, es el control externo, en el que la evaluación adquiere un fin instrumental y administrativo, despojado de todo valor formativo.
El juicio proviene siempre de un actor –o conjunto de actores– externo al objeto a evaluar, más preocupado por el resultado que por el proceso. Aquí no es importante considerar otro juicio –el del sujeto evaluado– puesto que se emite un veredicto desde el monopolio del poder que otorga el hecho de ser «el legítimo evaluador». Existe una pretendida veracidad, certeza y objetividad en el dictamen emitido, que contradice la esencia subjetiva de toda evaluación.
El supuesto que subyace es que la mera comunicación del juicio de valor es suficiente para provocar la modificación del objetosujeto evaluado. Se inhibe, en consecuencia, la posibilidad de reflexión, debate, contrastación, argumentación, etc., que ofrece la naturaleza misma de la evaluación.
Cuando una institución asume esta concepción la pone en evidencia no solo en la valoración de los aprendizajes, sino también en los otros procesos evaluativos que existen en el espacio escolar, como por ejemplo, en la evaluación de los desempeños docentes, de la planificación y ejecución de proyectos, del currículo, etcétera.
El sentido verticalista, descendente y unidireccional del proceso
En todas las escuelas se producen múltiples procesos de evaluación en diversas direcciones. Esto significa, por ejemplo, que el profesor evalúa a sus alumnos, a sus pares, a los directivos, a los padres y tutores, al personal administrativo, a los bibliotecarios, al personal de servicio, a los miembros de la cooperadora, a los supervisores, etc., pero a la vez su desempeño es evaluado por cada uno de estos actores de modo directo o indirecto.
Esta intrincada malla de intercambios no logra distinguirse en estas culturas, identificándose como evaluación solamente al proceso que desciende desde la autoridad. Cobra visibilidad –y se nombra como tal– la evaluación legitimada desde lo prescriptivo, la norma y la tradición escolar. Las otras evaluaciones no se reconocen como tales, se desdibujan, se pierden o se niegan.
La evaluación vertical ascendente se silencia. En estas escuelas la voz del alumno que considera y valora la calidad de la enseñanza que recibe provoca molestias. del mismo modo que la palabra del docente referida al gobierno y a la gestión institucional suele incomodar.
La evaluación no es tema de la agenda escolar
Las culturas escolares promotoras de fracaso tienden a ser construcciones atravesadas por el desencuentro, y en ellas los debates y los acuerdos no son necesidades colectivas instaladas en la vida institucional.
Si bien los actores de la escuela evalúan permanentemente, el sentido de la evaluación no es cuestionado, de ese tema «no se habla en las reuniones», hay vacancia de discusiones que pongan en duda las prácticas evaluativas que se desarrollan.
La fragmentación de la enseñanza provoca modos diferentes de evaluar que la institución prefiere mantener en el interior del aula sin confrontar. Poner en debate la evaluación implicaría develar las nociones, ideas, principios, estilos y modos de evaluar de cada profesor, no siempre sustentados en un adecuado conocimiento de esta disciplina y frecuentemente divorciados de los principios éticos que le otorgan razón de ser.
Colocar la evaluación como tema de debate en la agenda escolar llega a percibirse como una amenaza.
Divorcio entre aprendizaje y evaluación
La evaluación concebida como verificación de logros tiende a situarse en la terminalidad de un proceso. Como tal, adquiere una relevancia tan destacada que se convierte en un fin en sí misma, conformándose como entidad independiente y autónoma del aprendizaje.
El lugar que ocupa la evaluación en la escolarización llega a ser determinante, a tal punto que invierte el sentido natural de los procesos. Es decir, no se evalúa para obtener indicios que permitan generar mejoras en el aprendizaje, sino que se aprende para la evaluación.
Simultáneamente, la enseñanza se alínea en esta perspectiva; el profesor selecciona para el trabajo cotidiano aquellos contenidos que serán evaluados, desechando en consecuencia un universo de problemáticas, intereses y preocupaciones que quedan fuera de lo previsto, de lo evaluable.
La evaluación no se interpreta como subproceso del aprendizaje, no se entiende como herramienta al servicio de este; se percibe, en cambio, como un acto final y decisivo por medio del cual el docenteevaluador tiene la potestad de absolver o condenar el futuro de cada estudiante.
La evaluación como sinónimo de la evaluación
Si bien la calificación es una fase de la evaluación que permite comunicar los resultados de este proceso de manera sintética, a través del uso de escalas cuali o cuantitativas, también es posible desarrollar evaluaciones sin calificar. Este es el caso de los informes descriptivos que comunican el desarrollo y los resultados alcanzados en una indagación.
La noción de evaluación que predomina en estas culturas posee un significado equivalente al concepto de calificación. El valor de la primera se reduce a la asignación de una categoría. En estos ámbitos se destaca la preferencia por el empleo de escalas cuantitativas –resaltándose especialmente el valor de «la nota»– por cuanto se les adjudica mayor grado de objetividad.
A dicha objetividad, como ausencia de arbitrariedad, se la relaciona estrechamente al resultado de la evaluación y al modo de comunicarlo, pero no se contempla la responsabilidad técnica y la justicia en el desarrollo del proceso.
Evocando a Nydia Elola (1996), es posible afirmar que la calificación es una acción que sobreviene al análisis, a la interpretación de la información y a la elaboración del juicio valorativo. La calificación no reemplaza, ni es sinónimo de evaluación, sino que expresa sus resultados.
Cuando el docente evaluador solo comunica los resultados alcanzados por cada estudiante, informando en forma oral la calificación obtenida o sencillamente exponiendo la lista de notas, actúa como un avisador, devalúa el proceso realizado, lo convierte en un trámite administrativo. Este gesto confirma a los estudiantes que la evaluación solo es –o vale por– la calificación obtenida.
Ausencia de autoevaluación
En las culturas favorecedoras de fracaso, la autoevaluación tiene poco lugar. Este es un proceso que se aprende bajo la guía de una autoridad que logre articular las dimensiones técnicas y éticas orientadas a la comprensión cada vez más profunda de la subjetividad de cada uno.
Autoevaluarse implica tornarse visible para sí, volver la mirada sobre uno mismo, hacer el enorme esfuerzo de desplegarse en un doble juego del yo evaluado y el yo evaluador, sin embargo:
[…] el ejercicio de la autoevaluación no puede ser un acto de pura interioridad, requiere la contrastación de la mirada externa. Verse, decirse, juzgarse… necesita ineludiblemente de la observación, la narración y el juicio de los otros (Perassi, 2008, p. 80).
Aprender a autoevaluarse con criterios claros y juicios fundamentados habilita la posibilidad de modificarse.
En contextos de fracaso, a pesar de las autoevaluaciones negadas en el seno de la escuela, cada alumno va configurando una valoración de sí, juzgándose desde las marcas culturales que posee, los valores que porta, su impronta familiar, las experiencias institucionales vividas, la identificación con el grupo de pares, etc. En algunos casos este proceso permanece en la penumbra de cada mismidad, sin poder exteriorizarse; en otros, logra confrontarse de variadas maneras con las opiniones de los pares, y, finalmente, algunos jóvenes se atreven a enfrentar a los adultos para pedir explicaciones cuando no encuentran coincidencias entre las propias valoraciones y las del evaluador (Perassi, 2008).
En estos contextos, la institución escolar no se plantea la necesidad de reflexionar sobre sí misma; el propio funcionamiento no se concibe como objeto de autoevaluación.
Propuestas evaluativas homogéneas
En ámbitos institucionales compatibles con el fracaso es posible reconocer tendencias hacia una doble homogeneidad.
Se advierte, por un lado, en manos de docentes o equipos de evaluadores de una escuela, el empleo repetitivo de ciertas técnicas e instrumentos de evaluación que componen un repertorio demasiado estrecho y acotado en la búsqueda emprendida. Si se tiene en cuenta que ningún instrumento «captura» la totalidad del objeto a evaluar, ni representa la «excelencia» considerada válida en cualquier circunstancia, la restricción en el uso de otras alternativas limita las posibilidades y la riqueza del proceso.
La segunda homogeneidad se refiere a una aplicación idéntica, estandarizada, es decir, a la administración del mismo instrumento a todos los sujetos indagados. Supone la construcción de aprendizajes similares y en la misma temporalidad en todos los evaluados. El diseño de la prueba única ilustra esta situación.
La atención a la diversidad presente tantas veces en los discursos del profesorado no encuentra eco en el momento de valorar los logros del alumnado. La evaluación idiográfica no tiene espacio en estos escenarios, donde se desdibujan las particularidades personales.
Carencia de procesos meta evaluativos
Pensar la evaluación como proceso de búsqueda de datos sobre algún aspecto de la realidad para poder elaborar juicios de valor que fundamenten las decisiones orientadas a la mejora de dicho aspecto enfrenta a la amplitud de posibilidades que se despliegan a la hora de diseñar y ejecutar tal proceso. En este sentido, las alternativas que se presentan para la concreción de una evaluación son innumerables, por ello, el evaluador o equipo de evaluadores siempre debe decidir el plan a seguir.
Con frecuencia, los evaluadores enmarcados en estas culturas no se asumen planificadores de la evaluación, suelen no identificar itinerarios de indagación alternativos y reiteran modalidades ya desarrolladas. El examen ocupa un lugar de privilegio en las representaciones vinculadas a la evaluación.
Evaluar las evaluaciones realizadas carece de sentido en estos contextos, donde se asume que el experto evaluador desarrolló los procedimientos que correspondían. No se analizan ni se reconstruyen los procesos llevados a cabo, puesto que no hay dudas sobre los mismos. En la acción evaluativa desarrollada en el marco de estas culturas subyace siempre un componente de certeza.
Estos rasgos de las culturas instalados en tantas escuelas estrechan el vínculo entre evaluación y fracaso escolar, convirtiéndose la primera en el dispositivo legitimador del fracaso del alumno. Pareciera que esta escuela, como espacio de acceso al conocimiento, no logra constituirse en una organización clave que otorgue herramientas válidas para poder transitar hacia el territorio de la integración, hacia la construcción del sujeto social. En cambio, pronuncia sentencias categóricas arrojando al fracaso a niños y jóvenes, casi siempre provenientes de los sectores más vulnerables.
Estas culturas encuentran acogida en escuelas homogeneizantes que no logran tolerar la heterogeneidad. Frente a ello surgen múltiples preguntas:
  • ¿Por dónde se puede empezar a revertir esta situación?
  • ¿Cómo lograr que esta escuela vuelva a pensar su papel en el contexto en el que está inserta?
  • ¿De qué manera se consigue en estos espacios hacer visibles los sujetos y su correlato y situación histórica?
  • ¿Desde dónde se logra trabajar la confianza como ofrenda de libertad al otro?
  • ¿Cómo se instala la pregunta por el otro?
  • ¿Desde dónde se desarrolla una pedagogía de acogida al sujeto?
  • ¿De qué modo se logra generar conciencia sobre el impacto que tienen en los modos de educar las concepciones de evaluación vigentes?
Resulta difícil encontrar respuestas.

A modo de conclusión
De ninguna manera lo que acontece en la escuela puede analizarse independientemente de su contexto y de lo que ocurre en el resto del sistema educativo y social de cada nación. En las últimas dos décadas los países de América Latina han creado sus sistemas nacionales de evaluación de la educación y, pese a la resistencia inicial que esto provocó en varios países de la región, hoy ya no se cuestiona su existencia y se interpela, en cambio, su precisión técnica, su validez política y el pleno aprovechamiento de los resultados por parte de los actores involucrados.
La creciente desigualdad en el origen social de las personas, en sus condiciones de vida, trayectorias y pertenencias culturales cuestiona la pertinencia de una oferta de educación igual para todos. En una sociedad homogénea, la educación tiene la tendencia a promover una movilidad social ascendente; pero en sociedades heterogéneas, la oferta educativa «igualitaria» deja de tener efectos integradores y, frente a las desigualdades sociales, la evaluación estandarizada puede reforzar situaciones de discriminación social (Martinic, 2008, p. 20).
Los resultados que alcanzan las escuelas en esas pruebas estandarizadas deben interpretarse en función de las tendencias históricas y del contexto en que ocurren, pero nunca de manera aislada. Es necesario articular dichos resultados con los otros indicadores que poseen tanto el sistema educativo como la escuela en particular, para poder comprender la complejidad de los contextos.
En las sociedades de control surgidas en el siglo XX, que tan bien ha delineado Deleuze en su obra, se instituyen variados y cambiantes modos de control: breves y sostenidos, rápidos e ilimitados. En ellas, el dispositivo fundamental de poder-control es «la visibilidad sin mirada» (Téllez, 2000).
El fenómeno del fracaso escolar tan presente en nuestra América ¿no termina siendo una estadística sin nombres? La escuela como institución que devela este flagelo ¿es acaso la única responsable? ¿Qué papel asumen los gobiernos nacionales y jurisdiccionales frente a este hecho que los compromete directamente? ¿Serán capaces las sociedades de control de resolver estas rupturas o es que la existencia del fracaso escolar resulta funcional a la supervivencia del sistema?
Como las respuestas brindadas hasta ahora han resultado insuficientes y poco apropiadas sostenemos que es indispensable construir nuevas respuestas.
Tal vez necesitemos apelar no tanto a otros puntos de vista, sino a descubrir nuevos lugares desde donde mirar.
Quizás esas construcciones requieran habilitar otros diálogos entre la ética y la política.


Fuente: www.eduquemosenlared.com